Cuernavaca S.A. de C.V.: donde todo se cobra, pero nada se ve
Basura, ambulantaje, agua, seguridad y obra pública. El deterioro de una ciudad no ocurre de un día para otro. Lo verdaderamente peligroso empieza cuando sus habitantes dejan de sorprenderse.
En Cuernavaca, el problema ya no es el desastre.
El problema es que nos acostumbramos a él.
Poco a poco. Trienio tras trienio.
Nos acostumbramos a bajar la vara.
A la basura en las calles.
Al ambulantaje convertido en paisaje.
A los cortes de agua.
A las obras que cuestan millones y envejecen demasiado pronto.
A la inseguridad como ruido de fondo.
Y a escuchar explicaciones que casi nunca explican nada.
Hasta que un día sucede algo mucho más grave que el deterioro:
empezamos a pensar que así funcionan las ciudades.
Pero no.
No es normal.
La ciudad que aprendió a conformarse
El deterioro de Cuernavaca no comenzó con una sola administración.
Sería demasiado sencillo decirlo.
Viene de años de gobiernos improvisados, instituciones debilitadas y una clase política que confundió la llegada de la democracia con la desaparición de los estándares.
La alternancia prometía abrir las puertas.
Y las abrió.
El problema fue que demasiadas veces nadie se preocupó por revisar quién entraba por ellas.
Partidos sin filtros suficientes.
Candidatos sin preparación.
Funcionarios improvisados.
Grupos disputándose espacios.
Intereses particulares aprendiendo rápidamente que el gobierno podía convertirse en un magnífico negocio.
Confundimos apertura con ausencia de reglas.
Y la ciudad empezó a pagar la factura.
José Luis Urióstegui Salgado no inventó ese deterioro. Pero después de años al frente del gobierno municipal tampoco puede seguir administrándolo como si fuera una herencia inevitable.
En algún momento, gobernar significa hacerse responsable de lo que ocurre mientras uno gobierna.
Y para saber cómo estamos basta salir a la calle.
La basura
Cuernavaca destina cientos de millones de pesos al servicio de recolección y disposición de residuos.
Una cifra de ese tamaño debería traducirse en algo bastante sencillo:
una ciudad limpia.
Pero los ciudadanos siguen encontrándose con acumulaciones de basura, problemas de recolección y espacios públicos deteriorados.
Por eso la discusión no debería quedarse únicamente en cuánto cuesta el servicio.
Hay una pregunta mucho más importante:
¿Lo que recibe Cuernavaca corresponde a lo que paga?
Porque un contrato puede estar firmado.
Una factura puede estar pagada.
Un presupuesto puede haberse ejercido completo.
Pero al final existe una prueba mucho más difícil de maquillar.
La calle.
El ambulantaje
El comercio informal tampoco apareció ayer.
Forma parte de una economía donde miles de personas sobreviven como pueden.
El problema comienza cuando la excepción se convierte en sistema.
Calles ocupadas.
Banquetas bloqueadas.
Reglas aplicadas a unos y toleradas a otros.
Y una autoridad que demasiadas veces parece administrar el desorden en lugar de resolverlo.
Porque cuando una autoridad deja de poner límites ocurre algo inevitable:
el vacío también se organiza.
Y entonces recuperar el espacio público resulta mucho más difícil que haberlo cuidado desde el principio.
La seguridad
Aquí ya no hablamos de estética urbana.
Hablamos de miedo.
Las encuestas de percepción de inseguridad han colocado a Cuernavaca repetidamente en niveles que deberían provocar una discusión mucho más seria sobre la capacidad de las autoridades para proteger a sus habitantes.
A eso se suma otro problema:
una policía municipal debilitada durante años.
Menos elementos significan menos capacidad preventiva, menos presencia territorial y mayor presión sobre quienes permanecen en servicio.
Pero incluso los números se quedan cortos.
Porque la inseguridad también se mide de otra manera.
En el negocio que cierra temprano.
En la familia que evita determinadas calles.
En la mujer que modifica su ruta.
En el comerciante que instala otra cámara.
En el ciudadano que aprende a vivir mirando hacia atrás.
Una ciudad empieza a perderse cuando sus habitantes reorganizan su vida alrededor del miedo.
Y eso no debería normalizarse jamás.
El agua
Después está el SAPAC.
Probablemente uno de los mejores ejemplos de cómo una deficiencia institucional termina convirtiéndose en parte de la rutina.
Colonias con cortes.
Tandeos.
Fallas.
Pozos que requieren mantenimiento.
Redes deterioradas.
Y familias obligadas a buscar soluciones por su cuenta.
La paradoja es magnífica, si no fuera porque la pagan los ciudadanos.
Pagas por tener un sistema de agua.
Y cuando el sistema no responde,
pagas otra vez por la pipa.
Aquí pagas por el problema.
Y luego pagas por sobrevivir al problema.
Nos acostumbraron a normalizar el absurdo.
Porque eso sí:
en Cuernavaca todo se cobra, aunque no siempre funcione.
Las obras
Y llegamos al territorio favorito de cualquier gobierno:
la obra pública.
La fotografía.
El banderazo.
El corte del listón.
Los millones anunciados.
Ahí está la remodelación de la Glorieta de La Luna.
Ahí están las intervenciones en calles del Centro Histórico.
Ahí están los reencarpetamientos.
Nada de eso es malo.
Una ciudad necesita inversión.
Necesita mantenimiento.
Necesita renovar su infraestructura.
Pero cuando se gastan millones de pesos públicos, los ciudadanos tienen derecho a hacer preguntas bastante elementales.
¿Cuánto costó?
¿Qué se contrató?
¿Qué materiales se utilizaron?
¿Cuánto debería durar?
¿Se entregó exactamente lo que se pagó?
Y, sobre todo:
¿la calidad corresponde al precio?
No hace falta acusar a nadie para formular esas preguntas.
Basta recordar algo que en ocasiones parece olvidarse:
el dinero público no pertenece al gobierno.
Pertenece a quienes lo pagan.
La ciudad de las dos reglas
Pero quizá uno de los daños más profundos ocurre cuando los ciudadanos empiezan a creer que existen dos Cuernavacas.
Una para quien cumple.
Y otra para quien tiene relaciones, influencia o simplemente aprendió a operar fuera de las reglas.
El comerciante formal paga permisos.
Impuestos.
Licencias.
Renta.
Nómina.
Protección Civil.
Uso de suelo.
Y una larga lista de obligaciones.
Mientras tanto, cada negocio que opera irregularmente ante la tolerancia de la autoridad envía un mensaje devastador:
cumplir puede salir más caro que incumplir.
Ése es uno de los peores incentivos que puede producir un gobierno.
Porque una ciudad no se descompone solamente cuando alguien viola la ley.
También se descompone cuando respetarla deja de tener sentido.
¿Qué estamos pagando?
Y entonces todas estas historias empiezan a conectarse.
Basura.
Agua.
Seguridad.
Ambulantaje.
Obra pública.
Servicios.
No son problemas idénticos.
Ni necesariamente tienen la misma causa.
Pero todos desembocan en una pregunta que cualquier ciudadano tiene derecho a hacer:
¿qué estamos pagando?
No solamente con impuestos.
También con tiempo.
Con calidad de vida.
Con negocios que pierden clientes.
Con horas sin agua.
Con calles deterioradas.
Con miedo.
Con resignación.
Y quizá ésa sea la factura más cara de todas.
La costumbre.
Porque cuando una ciudad se acostumbra al deterioro, el gobernante ya ni siquiera necesita convencerla de que las cosas están bien.
Le basta con convencerla de que no pueden estar mejor.
Y eso es falso.
Cuernavaca no está condenada a ser una ciudad sucia.
No está condenada al desorden.
No está condenada a vivir sin agua.
No está condenada a tener miedo.
No está condenada a obras cuestionadas ni a servicios deficientes.
Cuernavaca no se cayó sola.
Durante años la fueron dejando caer.
Administración tras administración.
Decisión tras decisión.
Omisión tras omisión.
Y quienes gobiernan hoy tienen una responsabilidad que no pueden trasladar eternamente al pasado:
levantarla.
No con discursos.
No con fotografías.
No con campañas.
Con resultados.
Los ciudadanos ponen el dinero.
El gobierno lo administra.
Los resultados deberían estar a la vista.
En Cuernavaca S.A. de C.V. llevamos demasiado tiempo pagando la cuenta.
Ya va siendo hora de exigir el recibo.
Nos seguimos leyendo, pulgas.



