Me quiere, no me quiere…
La primera gran crisis puso a prueba al gobierno de Margarita González Saravia. Las desapariciones de estudiantes exigían respuestas, investigación y capacidad política. El gobierno respondió, primero
Las margaritas se deshojan en silencio… hasta que alguien empieza a contar los pétalos.
Morelos vive un momento histórico.
Por primera vez, una mujer ocupa la máxima responsabilidad política del estado. Es gobernadora, jefa del Ejecutivo o, como suele decirse en el barrio, la mera, mera.
Después de sus primeros meses de gobierno, Margarita González Saravia comenzó a mostrar el estilo que marcaría su administración.
Mucho anuncio.
Mucha conferencia.
Mucho evento.
Una narrativa optimista que buscaba transmitir que Morelos había iniciado una nueva etapa.
El problema apareció cuando esa narrativa tuvo que enfrentarse con algo mucho más difícil de controlar:
la realidad.
Y una de las primeras grandes pruebas llegó con las desapariciones de estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.
No era una crisis cualquiera.
Había jóvenes desaparecidas.
Había familias esperando respuestas.
Había miedo entre estudiantes.
Y había una pregunta elemental que ninguna campaña de comunicación podía resolver:
¿Puede una joven ir a estudiar en Morelos y regresar segura a su casa?
Ante el hartazgo y la falta de respuestas, estudiantes salieron a las calles.
Exigían algo que no debería ser extraordinario.
Seguridad.
Información.
Investigaciones.
Y respuestas.
Con las jóvenes todavía alrededor del Palacio de Gobierno, aparecieron dos de los principales funcionarios de la administración: el secretario de Gobierno, Edgar Maldonado, y el jefe de la Oficina de la Gubernatura, Javier García.
Anunciaron que abrirían las puertas del Palacio y ofrecieron diálogo.
El gesto podía ser correcto.
El problema era que la crisis exigía mucho más que una puerta abierta.
Porque escuchar a las víctimas es indispensable.
Pero escuchar no sustituye investigar.
Dialogar no sustituye prevenir.
Y una conferencia de prensa no sustituye resultados.
En política se dice que la forma es fondo.
Aquí también lo fue.
Mientras dos de los principales operadores del gobierno intentaban contener políticamente la crisis, afuera seguían creciendo las preguntas.
¿Qué estaba ocurriendo con las estudiantes?
¿Existía algún patrón detrás de las desapariciones?
¿Había relación entre algunos casos?
¿Qué estaban investigando las autoridades?
¿Había presencia de grupos criminales alrededor de los espacios universitarios?
Las preguntas crecían más rápido que las respuestas.
Y ése era precisamente el problema.
Porque una desaparición no debería convertirse primero en escándalo público para después convertirse en prioridad gubernamental.
Ninguna persona desaparece de la nada.
Hay horas previas.
Hay lugares.
Hay contactos.
Hay cámaras.
Hay teléfonos.
Hay recorridos.
Hay información.
Y para encontrarla se necesita algo mucho más importante que una buena estrategia de comunicación:
inteligencia.
La gobernadora tardó en colocarse personalmente al frente de la respuesta pública.
Cuando finalmente lo hizo, presentó la llamada Propuesta Integral de Seguridad Universitaria.
Entre las medidas anunciadas destacó la instalación de miles de cámaras de videovigilancia.
La propuesta sonaba impresionante.
Pero una cámara tiene una limitación bastante importante:
graba.
No investiga.
No analiza por sí sola una red criminal.
No sigue dinero.
No identifica complicidades.
No sustituye policías capacitados.
No reemplaza ministerios públicos.
Y, sobre todo, no sirve de mucho si detrás de ella no existe una estructura capaz de convertir imágenes en inteligencia y la inteligencia en resultados.
Ése era el verdadero examen para el gobierno de Margarita González Saravia.
No cuántas cámaras podía anunciar.
No cuántas mesas de diálogo podía instalar.
No cuántas conferencias podía ofrecer.
Sino cuántas desapariciones podía esclarecer.
Cuántas podía prevenir.
Y cuántas familias podían recibir una respuesta antes de tener que salir a buscarla por su cuenta.
Gobernar empieza cuando termina el discurso.
Y una crisis de seguridad no se resuelve administrando la percepción de la crisis.
Se resuelve dando resultados.
Margarita González Saravia todavía tenía tiempo para corregir.
Pero necesitaba algo que ningún equipo de comunicación podía fabricar:
resultados tangibles, medibles.
Que se vieran.
Que se sintieran.
Que pudieran contarse.
Porque la plaza pública tampoco necesita cámaras para recordar.
Observa.
Compara.
Y tarde o temprano empieza a arrancar pétalos.
Me quiere.
No me quiere.
Me quiere.
No me quiere…
Y cuando se acaba la margarita, lo único que queda son los resultados.
Nos seguimos leyendo, pulgas.
vive un momento histórico.
Por primera vez, una mujer ocupa la máxima responsabilidad política del estado. Es gobernadora, jefa del Ejecutivo o, como suele decirse en el barrio, la mera, mera.
Después de sus primeros meses de gobierno, Margarita González Saravia comenzó a mostrar el estilo que marcaría su administración.
Mucho anuncio.
Mucha conferencia.
Mucho evento.
Una narrativa optimista que buscaba transmitir que Morelos había iniciado una nueva etapa.
El problema apareció cuando esa narrativa tuvo que enfrentarse con algo mucho más difícil de controlar:
la realidad.
Y una de las primeras grandes pruebas llegó con las desapariciones de estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.
No era una crisis cualquiera.
Había jóvenes desaparecidas.
Había familias esperando respuestas.
Había miedo entre estudiantes.
Y había una pregunta elemental que ninguna campaña de comunicación podía resolver:
¿Puede una joven ir a estudiar en Morelos y regresar segura a su casa?
Ante el hartazgo y la falta de respuestas, estudiantes salieron a las calles.
Exigían algo que no debería ser extraordinario.
Seguridad.
Información.
Investigaciones.
Y respuestas.
Con las jóvenes todavía alrededor del Palacio de Gobierno, aparecieron dos de los principales funcionarios de la administración: el secretario de Gobierno, Edgar Maldonado, y el jefe de la Oficina de la Gubernatura, Javier García.
Anunciaron que abrirían las puertas del Palacio y ofrecieron diálogo.
El gesto podía ser correcto.
El problema era que la crisis exigía mucho más que una puerta abierta.
Porque escuchar a las víctimas es indispensable.
Pero escuchar no sustituye investigar.
Dialogar no sustituye prevenir.
Y una conferencia de prensa no sustituye resultados.
En política se dice que la forma es fondo.
Aquí también lo fue.
Mientras dos de los principales operadores del gobierno intentaban contener políticamente la crisis, afuera seguían creciendo las preguntas.
¿Qué estaba ocurriendo con las estudiantes?
¿Existía algún patrón detrás de las desapariciones?
¿Había relación entre algunos casos?
¿Qué estaban investigando las autoridades?
¿Había presencia de grupos criminales alrededor de los espacios universitarios?
Las preguntas crecían más rápido que las respuestas.
Y ése era precisamente el problema.
Porque una desaparición no debería convertirse primero en escándalo público para después convertirse en prioridad gubernamental.
Ninguna persona desaparece de la nada.
Hay horas previas.
Hay lugares.
Hay contactos.
Hay cámaras.
Hay teléfonos.
Hay recorridos.
Hay información.
Y para encontrarla se necesita algo mucho más importante que una buena estrategia de comunicación:
inteligencia.
La gobernadora tardó en colocarse personalmente al frente de la respuesta pública.
Cuando finalmente lo hizo, presentó la llamada Propuesta Integral de Seguridad Universitaria.
Entre las medidas anunciadas destacó la instalación de miles de cámaras de videovigilancia.
La propuesta sonaba impresionante.
Pero una cámara tiene una limitación bastante importante:
graba.
No investiga.
No analiza por sí sola una red criminal.
No sigue dinero.
No identifica complicidades.
No sustituye policías capacitados.
No reemplaza ministerios públicos.
Y, sobre todo, no sirve de mucho si detrás de ella no existe una estructura capaz de convertir imágenes en inteligencia y la inteligencia en resultados.
Ése era el verdadero examen para el gobierno de Margarita González Saravia.
No cuántas cámaras podía anunciar.
No cuántas mesas de diálogo podía instalar.
No cuántas conferencias podía ofrecer.
Sino cuántas desapariciones podía esclarecer.
Cuántas podía prevenir.
Y cuántas familias podían recibir una respuesta antes de tener que salir a buscarla por su cuenta.
Gobernar empieza cuando termina el discurso.
Y una crisis de seguridad no se resuelve administrando la percepción de la crisis.
Se resuelve dando resultados.
Margarita González Saravia todavía tenía tiempo para corregir.
Pero necesitaba algo que ningún equipo de comunicación podía fabricar:
resultados tangibles, medibles.
Que se vieran.
Que se sintieran.
Que pudieran contarse.
Porque la plaza pública tampoco necesita cámaras para recordar.
Observa.
Compara.
Y tarde o temprano empieza a arrancar pétalos.
Me quiere.
No me quiere.
Me quiere.
No me quiere…
Y cuando se acaba la margarita, lo único que queda son los resultados.
Nos seguimos leyendo, pulgas.



