Permisos
Los grandes problemas rara vez empiezan el día del escándalo. Antes hubo señales, omisiones y decisiones. Y casi siempre alguien tuvo la oportunidad de impedir que crecieran.
No el que firma un funcionario.
El que se concede cuando nadie hace nada.
Porque los grandes problemas de un país casi nunca empiezan con un disparo.
Empiezan mucho antes.
Empiezan cuando alguien deja de investigar.
Cuando alguien deja de supervisar.
Cuando alguien deja de preguntar.
Cuando alguien decide que es más cómodo mirar hacia otro lado.
Y esta semana, esa historia volvió a repetirse.
El R1
El Gobierno federal anunció la captura de Ramón Ángel Álvarez Ayala, “El R1”, señalado como presunto autor intelectual del asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo.
Con esa detención, la investigación suma 31 personas capturadas, entre presuntos autores materiales, operadores, reclutadores y funcionarios acusados de filtrar información al grupo criminal.
Es un avance importante.
Pero una estructura capaz de reclutar decenas de personas, infiltrarse en un gobierno municipal y planear el asesinato de un alcalde no aparece de la noche a la mañana.
Alguien la vio crecer.
Y alguien no la detuvo.
Temoac
En Temoac, Morelos, la Fiscalía detuvo a Marisol Romero Zamora, presidenta del DIF municipal y esposa del alcalde asesinado Valentín Lavín Romero.
También fue detenido Geovany Emmanuel González Morellano, secretario de Seguridad Pública.
No estamos hablando de un halcón.
No estamos hablando de un sicario.
Estamos hablando del corazón del gobierno municipal.
Y cuando una investigación llega hasta ahí, la pregunta deja de ser solamente quién delinquió.
También hay que preguntar:
¿Cómo pudo llegar el problema tan lejos?
Porque la corrupción tampoco nace en un día.
También necesita permisos.
China
El alcalde de Cuernavaca, José Luis Urióstegui, inició una gira oficial de 10 días por China.
El objetivo anunciado: atraer inversiones y fortalecer la cooperación internacional.
Ojalá lo consiga.
Pero gobernar también significa rendir cuentas.
En 2023 realizó otra misión oficial, aquella vez a Japón.
Han pasado casi tres años.
Y las preguntas son bastante sencillas:
¿Qué inversiones llegaron?
¿Qué proyectos se concretaron?
¿Qué beneficios obtuvo Cuernavaca?
Porque los viajes oficiales no deberían medirse por las fotografías.
Deberían medirse por los resultados.
Las obras
La rehabilitación de la calle Abasolo implicó una inversión cercana a 4 millones de pesos.
Antes estuvieron otras obras millonarias, como la intervención de la glorieta de La Luna, que también provocaron cuestionamientos de vecinos y comerciantes por su ejecución y sus efectos.
No hay nada de malo en invertir recursos públicos.
Al contrario.
Las ciudades necesitan obra.
Lo que no se puede pedir a los ciudadanos es un acto de fe.
Cuando se invierten millones de pesos, también deberían existir millones de razones para confiar en que se gastaron bien.
Y entonces aparece el hilo que une todas estas historias.
En México dedicamos mucho tiempo a buscar culpables.
Y muy poco a encontrar responsables.
Celebramos las capturas.
Aplaudimos los operativos.
Inauguramos las obras.
Anunciamos los viajes.
Pero pocas veces hacemos la pregunta anterior al escándalo:
¿Quién tenía la responsabilidad de evitar que esto llegara hasta aquí?
Porque un culpable responde por lo que hizo.
Un responsable también debe responder por lo que dejó que ocurriera.
Los criminales jalan el gatillo.
Pero las organizaciones criminales no se vuelven poderosas en una semana.
La corrupción no invade un ayuntamiento en un día.
La desconfianza no nace con una obra.
Todo eso necesita tiempo.
Y, sobre todo,
necesita permisos.
No necesariamente los que llevan sello y firma.
Los otros.
Los silenciosos.
Los que aparecen cuando nadie investiga.
Cuando nadie supervisa.
Cuando nadie pregunta.
Cuando nadie quiere ver.
Porque los países no empiezan a perderse cuando aparecen los criminales.
Empiezan a perderse cuando quienes tenían la obligación de impedirlo dejan de hacerlo.
Nos seguimos leyendo, pulgas.



